"La locura soñadora de una búsqueda".

                                                  

      La Última Cena es un hecho que fluye en el tiempo, resistiéndose a desolar la memoria de un rastro de misterio, enseñanza, y compromiso. Sólo que a diferencia de aquel día de Pascua, los discípulos se han multiplicado, y también los atributos de la flaqueza humana; Jesús está vivo en el poder de Fe, o se disminuye en el vació metafísico que inunda el pensamiento y el alma de la civilización, multiplicando negaciones y traiciones, venganzas y crímenes.

      Jesús conoció el curso del tiempo que nos tocaría vivir; vio el río del alma humana, fuera de su cauce, arrastrado y evaporado por la negativa de ser hijos de Dios, espíritu de su espíritu reafirmado en el sacrificio del Hijo, que compartió su pan con quien señalaría su rostro para trazarle el camino al Calvario, al dolor y la muerte. Más que el perdón, nos mostró la naturaleza del perdón; el perdonar incluso antes de que fuera necesario el perdón. Compartió el pan, como símbolo de su cuerpo, el cual, por la acci&0acute;n traidora de uno de sus discípulos, fue martirizado. Compartió el vino, como símbolo de su sangre. Para que su cuerpo, y su sangre silenciosa y vivificadora, dieran fuerza para abrir el corazón del mundo al don divino de la Fe fluyente desde su sangre a la sangre de sus discípulos a la sangre de nuestro espíritu.

      Marcos, Mateo y Juan, escribieron sobre este episodio de tanto simbolismo, evocador de un acendrado adoquinamiento de la Fe, reafirmada con la Resurrección del hijo de Dios, "al tercer día" de su muerte. La humillación, el dolor y muerte de Jesús, cumplieron la más extraordinaria profecía; el sacrificio del Cordero, que redimió a sus hermanos del pecado, sanándolos en el espíritu etéreo del Padre.

      Desde el indescifrable inicio del tiempo inmemorial, Jesús contempla la firmeza de nuestro ser, bañado e impregnado de su espíritu cuya sangre bebimos a través de sus discípulos aquella noche de Pascua. La Última Cena simboliza la aceptación del don de Fe y compromiso de diseminar la palabra y vida en el espíritu, que Jesús quiso transmitirnos con su muerte, su vida sencilla y entregada a los demás. Y es justamente, un acto de Fe, recrear, a través del talento artístico e intelectual. La deshumanización y trastorno de sentimiento que vivimos; que el artista lanza a nuestros ojos para recriminar la complicidad y negación de un compromiso divino que perdura apartado del corazón del hombre.

      Los artistas reunidos en esta exhibición, recurren al simbolismo de la Última Cena para mostrar un mundo en destrucción con su contraparte de sueño, y reclamar de los espectadores vivificar espiritualmente aquel compromiso, como un acto de inquebrantable Fe.

      En la simbologíía de estas piezas de arte, se formulan preguntas imperecederas sobre el amor; se presenta casi como en una revelación, la destrucci&0acuten de los elementos del Orbe, y su figuración se plantea como reflejo de una realidad materialista y agónica en que sobresalen la imponencia de la fuerza y la negación del sentido espiritual de la existencia. Siento que no faltara alguien que crea identificar en algunos de estos trabajos, la irreverencia de una profanación al estilo del pintor, poeta y precursor romántico ingles William Blake, al aludir y partir de un hecho bíblico, para desentrañar las preocupaciones esenciales de los artistas, y ahondar a través de sus obras, en el mundo interior de puertas herméticamente cerradas en el abismo del alma. Pero la invidencia espiritual, lado oscuro de la naturaleza humana, o posesión paralizante, existe, y no en modo alguno, negativo, que el arte sirva de instrumento para llevar ese componente del alma a la hondura de la bondad divina, para posibilitar su transformación, a partir de la acción comprometida del espectador.

      De hecho, el lenguaje plástico, si no es una propuesta decorativa y bonita, corre el riesgo de ser incomprendido por el espectador que confunde una afirmación e inquerencia, y nuestras reacciones y respuestas son tan relevantes, como sus propios hallazgos. Esta muestra, que fue gestada por el pintor Raphael Díaz, al invitar a once artistas plásticos de diferentes partes de los Estados Unidos, de México y la Republica Dominicana, con historiales, logros y alcances diversos, guarda un llamado reflexivo a través de la conciencia artística creadora, y pide reflexionar sobre lo que nos falta, lo que hemos perdido, y lo que podemos recuperar, si nos mostramos dispuestos al dialogo, y a buscar y compartir la esperanza de vivir en la libertad de nuestra renuncia al acto destructivo.

      Díaz, con su espíritu inquieto, desató de su silencio la locura soñadora de una búsqueda, su reconocible arma secreta provocadora de encuentros, para posibilitar, con una visión o desentendimiento en conjunto, un motivo común de creación artística y exploración onírica y realista. Un ejercicio de creación y asombro que a todos nos ultima, con una entrega fragmentaria y renovadora.

Luis Peralta,           
Periodista y Poeta.