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  La figuración de Manta expone una suerte de sueño detenido, el reflejo de un mundo primigenio intocable, intangible salvo para el ojo que vislumbra el neblinoso arrastrarse de sus mujeres-sobras, sus caracoles, peces, sus montañas-telones de fondo, sus sutilísimos colores velados por la niebla, por la anegable altura que parece acogernos en su visión, en su apreciación. El abismo invertido, la cima negativa, el punto álgido de un instante paralizado en el tiempo, congelado por las alturas, por los vientos frígidos que transforman lo femenino en paisaje y viceversa, que dan dinamismo a las montañas y una casi insufrible parálisis a las figuras. Como si la naturaleza lo humano nunca se hubiera despegado, nunca se hubieran enfrentado, como si el paraíso terrenal realmente hubiera existido alguna vez y nunca hubiera sido lo humano arrojado con violencia. O quizás se trata simplemente ¿simplemente¿ de sueños, de representaciones de otro mundo, de lo mágico, ese plano inaccesible salvo para los santos y los dementes, los ascetas y los artistas que tienen algo de lo anterior. Tal vez se trata de sortilegios, de talismanes, puertas para escapar disparados de nuestro caótico prometedor de lo peor, garantía de lo infame. Puede que nunca tuviéramos paraíso pero tenemos un infierno.   Manta expone la filosofía de un sentir, la posibilidad real de lo armónico, de lo sutil, del desplazamiento milenario de las cosas del mundo. Sus cuadros median en la quietud por nosotros, demasiado arrojados a la tierra de la velocidad, al reino de la precipitación. Se trata de imágenes que atrapan solo aquellos ojos que todavía puedes permitirse el lujo de detenerse, de la reflexión, y son sin duda antídoto para la inercia de una vida contra reloj. Josu Iturbe
México, D. F.
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